Retomando el dibujo / BACK TO DRAWING

Desde que terminé los cursos de dibujo de la escuela de arte (año 1999-2000 aprox.) que no tomaba un lápiz para dibujar. Mis estudios de filosofía en Santiago de Chile y de fenomenología en Buenos Aires, demandaron tanto tiempo y dedicación, que me fue difícil coordinar incluso la más simple de las actividades de taller -como es el caso del dibujo. 


Con el paso de los años (del 2000 hasta el 2012) la deuda con el arte se acrecentó tanto que se desplazó al horizonte de lo inhabitual, de lo que recordaba como algo profundamente mío, y sin embargo ahora se encontraba enmudecido.

Desde ese remordimiento fue que durante julio 2012 me propuse retomar al menos el dibujo, comenzando con algo que siempre había quedado pendiente en mi formación: el retrato. "Paso a paso iré avanzando", me dije. Y comencé a hacerlo.
Uno de los asuntos que más me impactó con el trabajo fue la claridad ontológica que aparece en el ejercicio de ver y merodear afectivamente -en la tentativa sensual del ir sombreando- los límites de mi comprensión del rostro del otro en su irreductible y único ser otro.

En efecto, el rostro del otro no es un mero conjunto de facciones dispuestas allí delante para su reproductibilidad, sino el sentido unitario de su estar vivo y de guardar en su fisonomía la persistente sugerencia secreta de sí. El otro se muestra con todo lo que trae consigo; lo explícito, lo oculto y lo insospechado.

Este ejercicio de 'ver y merodear' al otro a través del dibujo me permitió hacer vívido lo que en fenomenología se anuncia como el límite constitutivo de lo propio [Eigenheit] y lo extraño [Fremde]. La videncia y la ceguera propia de tal 'darse cuenta' configuraron el despliegue lúdico e irritante del encuentro y desencuentro, la cercanía y la lejanía, lo familiar y lo extranjero, lo patente y lo latente, lo manifiesto y lo sustractivo del modelo, a quien tenía ahora que volver a mirar y conocer. En medio de tales vaivenes dialécticos fui amasando la pregunta acerca de eso que ha de ser visto. ¿Cuál de todos los respectos posibles es ese sentido unitario de su estar vivo, su primigenio estar 'aquí-todavía'?  El achurado y las texturas del merodeo sintiente del dibujo manifestaron la respuesta, no obstante, lejos de una posición meramente estética y técnica.

  
Enfrentada en cada ejercicio a la incertidumbre del resultado, las manchas develaron el sentido de la 'encarnación' que asume el dibujo con la figura humana. La grafía humana encarna la unidad hiperbólica del otro, de su mejor posibilidad de ser, como si yo pudiese adivinar su fuerza, libertad y dirección. En este sentido -y sobre todo la cuestión más linda de este proceso-, el dibujo fue devolviendo a cada cual la memoria de sí, la reminiscencia de un sí mismo implícito, latente incluso para el modelo, y que sin duda ha de ser explicitada en la realización de sí de su vida concreta. El dibujo asume ahora, en los espacios domésticos del retratado, la función de su Alter ego.
VAZ

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